sábado, julio 19

83 / El legado luminoso de Dulce María González

 
De la estirpe de narradoras a la que pertenece, que inicia con Josephina Niggli (1910), pasa por Adriana García Roel (1916) e Irma Sabina Sepúlveda (1930), hasta llegar a María de Alva (1969), Gabriela Riveros (1973) y Orfa Alarcón (1979), por citar algunas, Dulce María González es hasta el momento la única que transitó con fortuna por múltiples géneros: novela, cuento, poesía, teatro, crítica y periodismo cultural.
 
Nacida en Monterrey el 11 de julio de 1958, Dulce, la mayor de los cuatro hijos que tuvieron María del Socorro Torres Carpizo y Fernán González Westrup, falleció en su cumpleaños 56, tras el regreso del cáncer, y en su mejor época intelectual.
 
Dice la escritora Patricia Laurent: "Con la muerte de Dulce se cierra una puerta magna para las letras regias. Una puerta de exquisita comunión con la magia de la creación. Dulce era una biblioteca fresca, llena de sabiduría y celebración".
 
Aquí un mapa para recorrer su bibliografía, luminosa y de primer orden en la historia de la literatura nuevoleonesa, y que debe reeditarse en favor de futuros lectores.
 
Primeros gestos
El primer libro en que apareció por primera vez su trabajo fue De mujeres y otros cuentos, editado en 1989 por la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL en su colección Cuadernos del Unicornio, junto a relatos de Alejandra Rangel y Lidia Rodríguez.
 
Xorge González, quien la publicó por primera vez en "Palabras para llevar", edición del taller literario de la UDEM, calificó los nueve relatos de Dulce en aquel libro de "rítmicas estructuraciones en la que se nos muestra una peculiar búsqueda, la de armonizar esas tan distintas realidades como la cotidiana, y la de las ensoñaciones y los deseos, la onírica, y la literaria".
 
Dulce cursaba la carrera de letras en la UANL tras realizar estudios del mismo rubro en el Tec de Monterrey. Para entonces ya había dirigido un taller de creación en la UDEM, en el primer semestre de 1988, y tenía a su cargo la columna de crítica teatral en el Aquí Vamos, cuya muestra aparecería en su segundo libro: Gestus (Gobierno del Estado, 1991).
 
Para cuando publicó este libro, se informa en la contraportada, Dulce llevaba años como profesora en la Escuela de Teatro de la Facultad de Filosofía y Letras, y como guionista y adaptadora en la compañía Universiteatro.
 
En este volumen, Rosaura Barahona, quien dijo recordarla al dirigir letras en el Tec como una de las que abandonaron la carrera para casarse, la llama ejemplo de cómo una mujer del siglo 20 "puede acercarse al límite de la cordura cuando anhela ser".
 
"Por eso, quizá, porque Dulce se ha atrevido a enfrentar el dolor del crecimiento, su escritura se da siempre al borde al abismo", escribió Barahona.
 
Becaria del Centro de Escritores entre 1989 y 1990, el mismo que dirigiría años más tarde; ya trabajando con el grupo Teatro Imagen y tras una larga estancia en Israel, Dulce publicaría en 1993 el libro de narrativa Detrás de la máscara (Premiá) y, un año después, el de prosa poética Donde habitan los dioses (ABRApalabra, Guadalupe). En 1996, ya con el grupo que editaba Papeles de la Mancuspia, publicó Crepúsculos de la ciudad (Cuadernos de la Mancuspia) y el poemario Ojos de Santa (Ediciones Castillo), a propósito de los 400 años de fundación de Monterrey.
 
"Yo empecé escribiendo poesía, después me fui a la narrativa", dijo la escritora, "pero siempre he estado a la mitad. Mis cuentos siempre son muy poéticos, y la poesía que escribo siempre es muy narrativa. Entonces no puedo decir que estoy de un lado o del otro, más bien entre los dos".
 
Elogio del triángulo, editado en 1998 por el Conaculta y la UANL, es una summa del trabajo hasta ese momento. Dulce tenía entonces 40 años exactos.
 
Los años luminosos
En el 2001 inició con Literespacio en EL NORTE, la mejor columna de periodismo cultural de los años recientes en la Ciudad. Para ella, era un reto y un placer. Generosa, nunca habló en ella de su propia obra sino sobre la de los demás.
 
Un año después, con Mercedes Luminosa (Conarte), Dulce ganó el Premio Nuevo León de Literatura 2002, aunque la novela apareció hasta el 2005 y, recientemente, la reeditaron Conarte y El Tucán de Virginia. Historia entrañable, narra a una mujer que, a raíz de la muerte de su madre y el encuentro con su diario, se cuestiona el amor, la vida y la muerte.
 
"Escribir es ser otra", dijo entonces aludiendo al arranque de su mejor época: la de la madurez intelectual, y donde además de continuar como tallerista trabajó como profesora de apreciación estética con estudiantes de Medicina de la UANL, institución que en el 2003 le otorgó el Premio a las Artes, lo que la llevó a evocar a su abuelo Héctor González, primer rector e intelectual.
 
Seguirían las novelas Encuentro con Antonio (Conarte, 2006), sobre el tema recurrente del hijo perdido, y Los suaves ángulos (Jus-UANL, 2009), en la que trabaja con fortuna el lenguaje y aborda las dependencias eróticas, amorosas y a las drogas.
 
En el 2012, volvió a la poesía con Un océano divide (Vaso Roto, UANL), en colaboración con el artista visual Oswaldo Ruiz. Asombrados por los tiempos violentos, a los artistas les salió un extraordinario estudio sobre la oscuridad.
 
Andrés, el mayor de los tres hijos de Dulce, la recuerda en los años recientes escribiendo y leyendo por la mañana en la terraza de su casa. Explorando su propia vida.
 
Dos meses antes de morir en su cumpleaños 56, cuenta el joven, Dulce no escribió más. El cáncer que había vencido tiempo atrás volvió por ella. Semanas antes les envió por email a los hijos su último poemario: Descendencia.
 
"Hijos:", les escribió, "éste es mi libro más reciente. Si no lo alcanzo a publicar, les va a tocar a ustedes". Así fue.
 
Uno anterior, Lo perdido, lo tiene Jeannette L. Clariond para publicarlo en Vaso Roto. Lo considera el mejor poemario de Dulce, aunque reconoce que no ha podido leer el último: le duele.
 
Dulce solía decir, inocente, sobre la escritura: "Si me preguntan, respondería que escribo porque es muy interesante andar en las nubes. El mundo es bastante soso. Al escribirlo adquiere brillantez y, a veces, dolor".
 
Y para que el mundo brille y, parafraseando el final de Mercedes Luminosa, para que a la vida le salga un trasatlántico, los libros de Dulce: búsquedas y pura luz.
 
Publicado en EL NORTE